Gitanos tropicales
Al sentir aquel estupor provocado por la humedad de las cercanías del mar, bajo el sol calcinante cocinando incluso a los mismos peces. Se abrirá paso por un camino polvoriento, con el siseo de las moscas, mosquitos y el vapor de aquel horno natural, muy ajeno a la comodidad.
Siendo este el rezo diario de los lugareños de aquel olvidado lugar. Olvidado por la revolución donde apenas llegaban las letras en los panfletos de "promoción de trabajo" y con el privilegio de dormir bajo las yardas de los caporales.
Tan olvidado que el agua purificada se evapora antes de llegar a la boca, donde se le saca provecho el agua del escaso rocio en la madrugada para beber y cocinar algún alimento ó bien colectarla de las tomas de la siembra de aquel fruto de paja dulce un nido de consecuencias más amargas que la propia sábila.
Así eran los días donde tenían dos recias oportunidades de desarrollo, una sucumbir ante la presión de terratenientes trabajando en los cañizales y la segunda morir en la horca por revoltoso por reclamar derechos que nadie más parecía conocer, por revolucionario decían y con el apoyo del gobierno en turno claro está, todo vestido "legalmente".
La primera, no visita ni de cerca por la esperanza, un trabajo que llevaba los cepos de la esclavitud no en sonoras cadenas pero si en dolorosas necesidades, bajo aquel clima infernal con el cielo cimbrado de restos de mina de carbón por la quema de la tierra con restos de la cosecha, que bañaban el ambiente de hollín, ahogando más aún las fuerzas debajo de los sombreros mojados donde apenas se vislumbra los ojos porque el sudor siempre abre camino con sabor a sal, la ropa empapada, rasgada por las hojas de la caña que protege la yema de aquel fruto envainado, siendo buenos mineros uniformados de pies a cabeza en eterno negror.
Los días más largos que una condena pero sin cadenas más que la función de cosechar algo dulce y blanco para la mesa, sin olvidar que se debe ser agradecido por la oportunidad de tener un trabajo y donde pernoctar junto a su simiente.
En un ciclo interminable de trabajo de empeños, las familias deseaban un varón para que ayudase en la labor y llevar comida a la mesa del hogar, nacer mujer era ya de por sí una condena adelantada, sus labores de hormigas definidas por la generación anterior las limitaban a los oficios de lavar, coser las ropas con remiendos a los demás trabajadores, preparar alimentos, sin perder de vista el riesgo de terminar como bocado de diversión sexual para los caporales ó hijos de terratenientes que las ven como un trofeo de diversión. Las enfermedades estaban a la orden del día sin contar con el asecho natural serpentiante de barbas amarillas, corales y alguna que otra cascabel.
Las yardas eran casetones de madera machiembre y tablas altas sobre el nivel del suelo entre un y dos metros para mantener lejos la humedad los roedores que abundan en aquellos cañizales. Olvidados hasta por el mismo diablo, si la tierra hablase, sería inundada con llanto de sangre enmohecida y fiel testigo de las barbaries vividas. De cuando en cuando alguna inundación natural refrescaba dichos vestigios alborotando los nichos de zancudos y jejenes ya con esa altura resguardaban los almácigos de granos básicos, maíz, frijol, cebada, harina, melaza, huevos, pero no faltaban los cigarros e incluso cerveza y sal, esto completa una despensa que proveerá a las familias un soporte vital, quienes además viajaban junto al campesino según el ciclo de cosecha de finca en finca como gitanos tropicales, bonito el trópico de pasada más no de vívida experiencia. Siendo fin de semana o mes en estas casetas resguardaban las planillas conocidas como casas de cambio por medio vales de comida. No olvidémos que nada era fortuito tenía su costo el facilitar las cosas, el terrateniente llevándose un porcentaje a su conveniencia porque regalada ni el agua, siendo esta facilidad un "favor de tenerles todo al alcance" desde trabajo y donde dormir. La trampa más mortal de hacerlos esclavos un día por vez, sino se paga con descuento de salario era con días de trabajo al final no había uno solo que se salvará de pagar hasta el último centavo o jornal.
Aquellas hamacas eran cobijo y descanso todo menos lujo, debajo del tapanco de las famosas yardas eran el lugar de descanso de los jornaleros un lugar cómodo con humedad natural por doquier, se tenía que aprender a fumar tuza no por gusto sino por qué las bocanadas de humo que en algo mitigan el escozor causado por los mosquitos sedientos también de agua y sangre.
La disentería era pan diario como el rosario en cada funeral con sus lloronas en lamento, por las condiciones insalubres de trabajo y la escasez del conocimiento de por donde hallar un sentido de hilo y cómo mejorar sus condiciones de vida. Sobra decir que estos aspectos convenientes para el no reclamo de derechos entre más ignorancia mejor para el caporal, menos revueltas para el hacendado y mansedumbre.
La única luz sí la había era a través del catolicismo un túnel eso sí llegase el telegrama a tiempo a dar los santos óleos.
Aún así no los dejaban acercarse y que fuese solo el tiempo necesario, un rezo y la bendición, matando de raíz la aspiracion de romper el ciclo por un mejor destino, no quedaba otra más que huir de aquel infierno en la tierra gobernado por el dios hombre de hacienda.
Corrían los tiempos por carreteras de cascajo molido "bien cómodas con tinte de modernidad" donde de día si llegaba a tropezarse algún desventurado ebrio o enfermo débil dejaba hasta el apellido embarrado con santo y seña hilando cortes de sangre y piel.
Los buses tenían un horario una ruta, al filo de la alborada pasaban lejos lo más aislado posible de la hacienda, con la ya planificada idea de restringir las huidas que eran generalmente por la noche.
Generando en quien piense huir pensarlo bien pero muy bien, porque no era nada sencillo conocer bien el camino a seguir, saber leer las noches de luna, sin indulto una mortaja siendo para un adulto todo un reto.
Enfermarse de amebas y aún así tener que amamantar la generación siguiente era toda una odisea, sin comida en el estómago bajo el sopor de aquel trópico con el sudor febril que se les escurría por la piel mal sana y con el corazón empeñado entre aquel maldito lugar, escuchando el llanto del niño en brazos había que pedir al cielo ó a la tierra que se abriese deseando lo imposible, que no se enfermara de lo que la madre tuviese, a tal punto que no sabían distinguir la odisea de aquel infierno, la ignorancia era tan afilada que cortaba la vida antes que un buen tajo de corvo. No sabían reconocer entre lombrices y amebas entre fiebre tropical por cambios de ciclo ó fiebre amarilla. Saber únicamente su nombre en un papel donde marcaban su huella de dedo pulgar.
El papel y el lápiz era cosa de hacendados.
Sentir aquel abandono del desarrollo cubierto por la distancia y la política enquistada de "legalidad" donde la enfermedad que padecía la madre era fácil pasarla al amamantar infectadolo al primer sorbo desesperado de pecho materno.
La diseminación de la disentería con amebiasis, han calado hondo en aquellos sueños de gravillea humanos, cruces de sus muertos sí hallasen con la suerte de ser recordados, si no se perdían en los campos como las olas del mar bajo la luna.
Tres niños de entre nueve y un año, sentir la ansiedad de un reto fantasmal una zozobra, un llanto del alma silencioso que se perdía en el crujir de las hojas secas al marchar con los pasos en desventura pero todo lo que viniera por más oscura y desconocido era mejor, acompañado del de sonoras chicharras, sapos y ranas que les daban la despedida nocturna en un llanto al borde del desquicio se hacían pesados los pasos en busca de una letargosa nueva vida.
La desición y la valentía alimentados con desesperanza, hambre, miseria y olvido eran más que protagonistas de este único combustible que les haría levantar vuelo.
Dejando bajo este cielo su calvario, tres semillas que germinaron después de flanquear el polvoriento camino con más pies que calzado, una tormenta de miedos con las piernas cenizas, un par de gargantas secas ven el destino lejano que desde ya se baten en duelo por obtenerlo la única fé casi religiosa es hallando a las personas que nunca habían visto, que por referencia de familia les darían cabida en otra cara del destino.
Ignorando que uno de ellos es portador incubando el germen de la exterminación de quienes les habían dejado huérfanos, heredando la tierra y sus desgracias, logrando discernir a tan cortas edades que eran los dueños de sus vidas y del aire que respiran.
Cruzando aquellas hojarascas un llanto profundo que se escuchó hasta en lo más recóndito de la siembra dejan los cuerpos de quienes les dieron la vida para encarar bajo otro cielo una acogida en algo diferente porque no era nada humano seguir en aquellas condiciones siendo trípodes de esta historia. La elección era simple acabar de diversión para los lugareños sedientos de entretenimiento como viles salvajes ó la de huida con frenesí habituadose a un nuevo clima quizás más frío pero con otras oportunidades.
Las lágrimas se secan en el camino por el polvo que las marcan profundamente que al recordar harán rios del alma, dejando estelas de suspiros porque deben de ser valientes no hay otra forma ó quizás sí pero sin fondo y mucho más oscura.
Una pequeña maleta y una incipiente cantidad de sueños envueltos en en cenizas de olvido, la agonía era palpable que no se sentían al dar los pasos ni la distancia, el tiempo parecía detenerse congelando todo alrededor entre aquella solitaria vereda en la espera de su único viaje a un desconocido nuevo mundo.
A lo lejos se vislumbra una nube de polvo que junto a la bocina anuncia la llegada de dos lumbres por faros el único transporte puntual al cual suben ven con pesar aquellas imagenes que se convertirán en extrañeza con dolor del adiós y que se irán apagando en el transcurso del tiempo como las luces de candiles que desde la carretera parecen decirles titilando un adiós, riéndose a bocanadas con espanto y olvidó. El camino se hace pequeño para el soñoliento amanecer que a sorbos han transcurrido dos horas de alucinaciones entre sueño suspiro y llanto. Cortando de tajo dichas alucinaciones por el piloto avisando que el camino ha terminado.
Entre el bullicio el afán de todo mundo en un mar de personas huyendo del tiempo perdido buscándose una vida que los engulle en indiferencia, griterío por allá anuncios por aquí, se toman de las manos y buscan dirección por donde el viento les empuje en el ahora ya clima frío muy distinto al caldero de tierra hollín con piedras.
Al llegar son recibidos por la familia entre una indiferencia asombrosa lágrimas secas por las noticias de la realidad y tratar de reconocer aquellos rasgos de los familiares lejanos, en aquellas caras desencajadas. Aunque fuesen ranseas eran otras condiciones incluso mejores que cualquier fiesta salvaje de estupor muy lejos ha quedado aquel ciclo interminable.
Cubriéndose unos con otros como gorgojos dándose algo de calor amaneciendo en un zaguán quizás con piojos más que con hambre pero con sueños de otra vida.
La felicidad no duro mucho más que un respiro profundo el destino les juega en contra como que no quisiera que estén juntos.
Deberán soltar lastre que sienten que ha durado muy poco el marisma refrescante que se les va destrozando el corazón en un llanto apagado.
Aquella enfermedad sigilosa que no dejaba nada, siendo tiempo de incubación propia ataca al más pequeño obligado a ser recluido en un hospicio para su tratamiento pero había un sello y la historia se repite otra vez lejos de los suyos y entre ojos de extraños.
El pequeño lloró inconsolable por días por noches, todas las desventajas y aquel dolor lo venían llegar lentamente. Vestido de enfermedad que se le adhería al cuerpo mal nutrido ya sin alma porque cuerpo poco había, queriendo arrebatarle la vida como a sus progenitores, mientras aquella ansiedad tan profunda clavaba sus garras y dientes queriendo salir por los ojos y la garganta. esa depresión psicológica en un infante, de verse en soledad le quitan las ganas de vivir negándose a comer.
Esa ansiedad que grabará tan incandescente su vida cavara un abismo muy profundo donde lo único que necesitase era un chispazo un infortunio más para perder hasta la consciencia y desconectarse de este mundo.
Pasada la pesadilla de aquel niño dejando las alucinaciones entre crucifijos y soledad con sorbos de medicina se halló la razón y el tino para recobrar la salud. Se le visitó muy poco porque cada visita era un suplicio en reclamo por volver a su hogar, aunque esté fuese un zaguán y petates sólo anhelaba estar con los suyos no pedía más.
Fue poco a poco conformándose con el mundo como lo veía quizás había otra vez perdido, quizás así lo quería la misma vida olvidándose de la profunda soledad que sentía y que le consumía el alma sin saberlo, sanaron el cuerpo pero el daño estaba hecho.
Para limar asperezas y ya respuesta la salud de aquel niño cuasiforme en proceso de engorde los párrocos de la salud procuran distraer esa pesadez aliviar el espíritu disipar los miedos y deciden armar un viaje grupal a un paraje a unos cuarentena y cinco minutos de distancia.
Sin saber que aquellos bosques húmedos y sinuosos atizaran los recuerdos que procuran hacer olvidar a través del tiempo.
Sin saberlo sin comprenderlo dejaban aquel monte para clavar un Cristo y poner sal y vinagre a las heridas nuevamente.
Llegando a la ciudad llenaron la imaginación de aquel grupo de niños llenos de energía y algarabía por ver animales raros y quizás asombrosos
– ¡la distracción ha logrado lo suyo rezan los sotaneros con rezos al cielo!
Llenar con otros aires aquel pequeño corazón, que no dura lo suficiente como que no quisiese el destino y le vuelve a gastar una broma más.
Es más larga una noche en tempestad que la alegría pasajera de aquel ingrato, yendo de vuelta en la salida de aquel parque se halla en una encrucijada.
El espíritu y la memoria del niño reconoce un Condé con ropas más oscuras solemnes como la noche, de tacuche y sombrero con un cayado de colores envuelto en formas inconfundibles con figuras de barro atados a un hilo que al hallarlo en camino hacia el bus que los ha de retornar de aquel viaje "milagroso" la magia se había roto.
¡Su corazón!
No dejo en el olvido, dio un vuelco convulso al recordar aquel calor que lo recibió ese lazo se forjó para no romperse bajo en bamboleo y la escolta de aquel Condé. Sus ojos volvieron a brillar por un instante la mente se le hizo una y mil dudas sin comprender con toda la certeza de lo que había sentido el poder de la sangre le hizo el llamado a salir de nuevo por los ojos y la garganta, con gritos con la capacidad que sus pulmones le permiten sentía desfallecer entre la impotencia entre unos pequeños y lánguidos dedos aferrarse a los pantalones de aquel Condé. Siendo desconocidos para los párrocos le arrebatan aquellos garfios ahora dueños de su salud y de aquel viaje que no hizo más que poner vinagre y sal en las heridas.
Así se forjó la soledad, así se abren los brazos a la ansiedad, así se marcan las cicatrices en la memoria de una vida, más profundas que las marcas en la piel de una res.
¡Así lo descubrió! entre un grupo de amigos con un sorbo de aquel crucifijo que le apagaba la realidad y lo absorbía en el letargo para llenar aquel vacío intenso que no conocía de etiquetas.
Esa soledad abismal, esa ansiedad marcada que desencadenó un serie de sucesos interminables revelándose a los infortunios le reclama desde las cenizas hasta colarse dentro de sus venas.
Se enamora de una luna, tan blanca tan risueña llena de vida.
Vida que se multiplica un suspiro por vez, la carga no es ligera no ha empezado bien. – eso de que en el camino se arreglan las carretas es un mito para quien lo vive. Estrena su cédula reconociendo a su primogénito.
La vida de aquella mujer no era del todo diferente, la madre de aquel ingrato que les desgracio más la vida cuelga de un poste sobre una hoguera, como recompensa de haber insultado el honor de la familia, aquella blancura con ojos cafés, blanca como la luna atormentada de nacimiento mal querida, marcada como por una maldición.
Siempre en la espera del carruaje de seis ruedas que le traería unos ojos de cadejo, pero llenos de dulzura, con el corazón desde donde se reconocen los rostros que brillan al verse. Con unas manos llenas de frutas sin importar las horas ó deshoras, ojos de sueños almacenados en el tapanco de los vecinos, siempre esperanzados de la llegada que solo la presencia calentaban la vida.
– Forjandose entre cenizas y cal heredada por su padre dentro de un ferrocarril de campo traviesa.
Siendo un nuevo par llenos de esperanzas como de hijos mitad varones mitad hembras y alguno por partida doble, aquel hombre con llagas en las manos en los pies esclavizado por las necesidades, pero con la sonrisa incandescente siempre aunque el hambre lo acorraló halló su salida y de noche cruzó el umbral para hacerse de unas hogazas de pan, traicionado por "amigos" es capturado y puesto preso, dejando a la deriva un hogar, unos hijos y la mujer que es su ancla.
– Dándole esperanza para salir del cepo.
Los días pasaron quizás años, hundido en la fetidez del abandono carcelario, que quizás con capacidad de seis albergan treinta o cuarenta, ese calabozo perfumado con la hediondez de la suciedad humana, doma el carácter y forja el espíritu, salvaje y terco como cual manglar que se posta ante los vendavales de la misma vida.
La humildad se le sale por los poros y la luz del día a día se le apaga en los ojos, nadie da un centavo por el tal por cuál.
A sabiendas de todo esto la vida le sonríe a paso lento como la luciérnaga bajo la lluvia por centellazos como cigarros en la oscuridad llenándose de nietos y más allá de la reventazon de aquel muelle hecho historia las casas viejas en mimbre y de palma.
¡Y sólo aquel que ha crecido sin un padre sabe la soledad de su ausencia y quien lo tiene lo valora tan poco!
La vida entra ahora por los ojos y el cambio se dio queleonicamente
...un paso por vez ha hecho camino a mano piedra y lodo.
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